Casas Encantadas II

Continuamos con el relato sobre casas encantadas y Peñíscola. No te pierdas la entraga de hoy, dónde empiezan a relucir ciertos misterios sobre la casa de nuestra protagonista. Os recordamos que la historía está basada en hechos reales, todo lo que sucede en el relato es cierto.

 

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La abrí y subió el primer tramo de escalones tranquila, siguiéndome el paso, pero al llegar al rellano, de nuevo algo raro, otra vez ese frío que congelaba de repente hasta el alma y Luna se puso a gruñir, como cuando está verdaderamente asustada, con un gruñido sordo y seco, amenazante. Miraba al piso de arriba como si viera algo terrible, pero yo, por mucho que me centrara, no veía nada fuera de lo normal. A duras penas conseguí que Luna entrara en mi habitación y se acomodara a los pies de la cama. No dejó de mirar hacia la puerta ni un instante, al menos no en lo que tardé en dormirme, que francamente, fue nada y menos debido al cansancio provocado por el trastorno de la mudanza.

 

Por la mañana siguiente me levante muy temprano y totalmente recuperada. La casa lucía realmente preciosa con la luz del día. Bañe y vestí a David y me disponía a bajar cuando me percaté que Luna seguía en la habitación, mirando con desconfianza el inicio de la escalera que quedaba en frente la puerta.

 

Con David en brazos, llamé a Luna y le mostré su correa. Eso siempre funciona. Se pone como loca por salir de paseo, pero esta vez no. Me miraba con una expresión casi humana en los ojos, como queriéndome explicar algo. Ojalá hubiera podido entender…

 

Al final pude obligar a la perra a bajar la escalera, otra vez esa sensación que quise atribuir a las corrientes de aire. Mejor me voy a dar un buen paseo y dejo de pensar un poco en bobadas. Empezamos a andar por esas calles empinadas, se me hacia duro andar por ahí con el cochecito de bebé. Las calles del casco antiguo guardan el pavimento de esa época, como piedras muy pulidas por el paso de los años, medio incrustadas en el suelo dificultaban el paso. Pero el paisaje y las callejuelas eran tan maravillosos que bien compensaban el esfuerzo. Luna volvía a ser la perrita alegre y dinámica que es normalmente y el sol brillaba con fuerza.

 

El calor de ese día de primavera y las cuestas de las calles de Peñíscola me hicieron pensar en tomar un refresco en alguna de las muchas terrazas abiertas a los pocos turistas que transitaban el lugar. Me senté en la que me pareció tenía las mejores vistas al mar. Una mujer de unos 40 años salió de dentro del bar y me ofreció el servicio. Le pedí algo para comer y agua para compartir con David y Luna.  La señora me preguntó si estaba de vacaciones. – he venido a trabajar en el Hotel Mar, le contesté, pero aun me quedan dos semanas para incorporarme a mi puesto. Ella me comentó que la primavera era el mejor momento para estar en Peñíscola junto al otoño, porque en ambas estaciones, el calor no mata pero si hace un clima ya agradable. -¿Dónde vives? Me preguntó con naturalidad. – En la explanada que hay al final de la cuesta de las flores, en una casa llamada Villa Salomón, le contesté con la misma familiaridad que ella contagiaba.

 

Su cara palideció al instante. -Vaya, me dijo, pensé que esa casa estaba vacía desde hace muchos años. –Me la alquilaron desde Barcelona, le expliqué, y curiosamente, el propietario era un personaje misterioso, arisco y de pocas palabras, pero me la dejó muy bien de precio. La camarera se puso aun más nerviosa, mirando al niño me susurró casi al oído. Hágame caso, abandone esa casa, recoja sus cosas esta mañana mismo y no vuelva por ahí.- Pero…le intente decir, sin saber muy bien el que. Pero… la casa me gusta muchísimo.- Hágame caso, váyase de ahí ¡Ahora mismo!

 

Me quede tan atónita que no me di cuenta que la camarera se había ido de mi lado y casi sigo hablando sola. No sabía que hacer,  recordaba el frío de la escalera, el extraño comportamiento de la dulce Luna y el llanto frenético de David. Sentí miedo, mucho miedo.

 

Puse al bebé en el cochecito y desaté la correa de Luna de la pata de la mesa. Retomé el camino a mi casa, a esa casa a la que me habían aconsejado no volver jamás.

 

Continuará…

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