Casas Encantadas

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Las casas encantadas son aquellas que tienen, lo que se llama en parapsicología, una infestación o una impregnación debido a algún suceso de gran carga emocional acaecido en el lugar, con independencia de las personas que lo habiten en ese momento. La historia que relataremos durante los siguientes días ocurrió en una hermosa ciudad marinera del este de España llamada Peñíscola. Todos los hechos que se narran en el relato son absolutamente ciertos y los fenómenos que explicamos son los típicos de cualquier casa encantada. Fenómenos que poco a poco iremos explicando en posteriores ocasiones. Disfrutad de la narración y no paséis miedo…

 

Hacia muy poco que nos habíamos mudado a aquel apartamento. Estaba situado en el barrio antiguo de la preciosa ciudad de Peñíscola, ciudad medieval famosa por tener el castillo del Papa Luna entre sus bondades. Era una casita preciosa, pequeña, blanca de cal y azul por el reflejo del mar que rompía en mil espumas chocando contra las piedras de los acantilados del peñón que da base a la parte más antigua de la villa. Era el lugar donde uno jamás pensaría que el terror podría adueñarse de nadie. Una casa blanca, alegre, decorada al más puro estilo marinero, bañada de sal y de brisa.

 

Olvidé deciros por aquellos días, mi familia se limitaba a mi pequeño bebé de un añito de edad y a mi perra Luna, bautizada así ya con la intención de homenajear mi nuevo destino. Estaba sola y me había salido la oportunidad de dirigir uno de los tantos hoteles que colman la parte turística de aquella hermosa ciudad.

 

La primera noche me costó mucho de poder dormir a David, que así se llama mi hijo. Lloraba de un modo como jamás había hecho, no encontraba consuelo en nada, ni en la comida, ni en el chupete, ni siquiera en un poco de dulce que intente darle como para sobornarle, Su llanto era atroz y además como dirigido hacia una zona muy concreta de la casa, la escalera que llevaba a las habitaciones del piso superior.

 

Cuando por fin David concilió el sueño muerto ya del propio cansancio de todo el día, me disponía a relajarme un poco. Pero entonces fue Luna la que interrumpió el silencio con sus ladridos -Luna, ¡calla! Le grite una y otra vez. – ¡Por Dios, vas a despertar de nuevo a David! Al final la tuve que castigar encerrándola por un rato en la terraza y recuperé la anhelada paz.

 

Me dispuse a ir a dormir, cogí a David en brazos y subí despacio la escalera para no despertarlo de nuevo. Al entrar en el segundo tramo de escalera, justo en el rellano, sentí un escalofrío extraño. David se revolvió un poco entre mis brazos e hizo el ademán de despertarse, pero por suerte no llegó a hacerlo. Lo dejé en su camita y bajé de nuevo a por Luna que ya había aprendido la lección.

 

Continuará…

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